sábado 13 de agosto de 2011

Los rombos de alambre

Entre la niebla de la madrugada los rombos de alambre marcan un solo camino. Son las cuatro de la mañana, la niebla huele a bosque. Los centinelas sobre la torre esquinada lanzan miradas aburridas. Apenas hay compañía: adormilados entre mantas de lana se asoman cabellos revueltos de quienes negocian los lugares vacíos frente a mí.



Amanece; seis de la mañana. El estruendo de esta nueva realidad me avasalla. La fila, de ser niebla, ahora es cuerpo denso de los humanos perfilándose; crece, crece...



Nueve de la mañana, la fila es nudosa donde quienes pagan por un lugar esperan a que el tiempo avance más rápido. Los rombos de alambre son frontera donde cuelgan bolsas de pan. Son asidero de manos tiernas, de manos viejas, de manos blancas o morenas que esperan más adelante...



Diez de la mañana, los nudos van cediendo, mi avance es lento. Poco a poco entro en la estrecha caja de rombos de alambre; ahora ya conozco historias que crecen con el dolor del encierro. Siete horas para meditar sobre si acepto continuar...



Once de la mañana. Cruzo el umbral, una voz me pide el carnet, lo muestro. Todo en orden; voy cargando la bolsa de costal con cierre. En ella hay restos de un mundo libre. Todos venimos a visitar a un preso, vengo y miro qué sucede dentro de mí cuando, después de pedir que lo traigan, él llega atravezando su laberinto hecho con rombos de metal.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Como vivencia cercana, así el recuerdo se aferra.